Ignacio López-Goñi y Oihan Iturbide
Expertos

Compartimos dos capítulos de la obra '¿Funcionan las vacunas?' (Next Door Publishers, 2017), co-escrita por el doctor en Biología y catedrático de Microbiología Ignacio López-Goñi y el biólogo clínico –y editor– Oihan Iturbide, cedidos por la propia editorial*.

La respuesta es evidente: que pueden contraer una enfermedad infecciosa grave. Solo en la primera década de este siglo, se han evitado aproximadamente unos dos millones y medio de muertes de niños menores de cinco años en todo el mundo gracias a las vacunas contra el sarampión, la polio y la DTP. A pesar de ello, la percepción del riesgo ha disminuido y eso lleva, en ocasiones, a no participar en los programas de vacunación, con consecuencias negativas para toda la comunidad. Si las coberturas vacunales son inferiores al 95 % de la población, se pone en riesgo la inmunidad de grupo. En Europa actualmente existen focos importantes donde la presión de los colectivos antivacunas está provocando que las tasas de vacunación disminuyan. En el momento en el que aparece un porcentaje, por pequeño que sea, de población sin vacunar, el riesgo de brotes o incluso epidemias es inevitable. Si revisamos los datos de algunas de las enfermedades infecciosas más comunes del siglo anterior, nos sorprende comprobar que todavía hoy en día, a pesar de contar con vacunas efectivas, aparecen brotes importantes en distintas partes de Europa.

 

El sarampión es una enfermedad infecciosa para la que existe una vacuna efectiva, segura y gratuita. Si la cobertura vacunal fuera superior al 95 %, podríamos erradicarla del planeta como se hizo en su día con la viruela. En el año 2002, el continente americano fue declarado libre de sarampión, y la Unión Europea se marcó el objetivo de erradicarlo en 2015. Pero de momento no lo hemos conseguido. Todo lo contrario, las autoridades sanitarias han alertado de que en los últimos años han aumentado los casos de sarampión en Europa de forma preocupante. En 2013 hubo un brote epidémico en Gales (Reino Unido), que duró unos ocho meses: hubo mil doscientos casos, ochenta y ocho niños hospitalizados y un fallecido. El brote afectó sobre todo a niños cuyos padres habían optado por no vacunar a sus hijos por miedo a la falsa relación entre la vacuna y el autismo. Ese mismo año, en Holanda hubo también un brote de mil doscientos veintiséis casos de sarampión y cincuenta y cuatro de rubeola, en una comunidad relacionada con los movimientos antivacunas. En este momento la situación es que, de los cincuenta y tres países de toda la región europea, han conseguido erradicar el sarampión quince y en seis todavía sigue habiendo transmisión endémica de la enfermedad (Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Polonia y Rumanía). Lo que más preocupa es la situación en Rumanía. Desde febrero de 2016 llevan ya más de ocho mil casos acumulados y treinta y dos muertes. La mayoría de los casos se han dado en niños pequeños, el 96 % sin vacunar. La baja tasa de vacunación en Rumanía no solo se debe a los movimientos antivacunas, sino sobre todo a un sistema sanitario muy precario y a la existencia de colectivos marginados a los que no llegan las campañas de vacunación. En Italia también ha habido varios cientos de casos de sarampión en el último año, más del triple que en años anteriores. Además, ha habido algunos otros casos en países europeos en personas que muy probablemente se infectaron en Rumanía. Las autoridades sanitarias europeas alertan de que la probabilidad de exportar el sarampión desde Rumanía a otros países es alta. El sarampión es una de las enfermedades infecciosas más contagiosas. Se transmite muy fácilmente por vía aérea, a través de los aerosoles y microgotículas que emitimos al respirar. Antes de la vacunación, más del 90 % de la población menor de veinte años había tenido el sarampión. En una guardería, si hay un caso de sarampión, el 85 % de los niños expuestos pueden llegar a infectarse y el 95 % desarrollar la enfermedad (si no están vacunados). No existe un tratamiento específico y la única medida para prevenirlo es la vacuna. Los ensayos clínicos muestran una eficacia del 93 % con una dosis, y se alcanza casi el 100 % cuando se administra la segunda dosis. Confiere protección durante toda la vida. Se estima que entre 2000 y 2015, la vacuna evitó más de veinte millones de muertes en todo el mundo, lo que la convierte en una de las mejores inversiones en salud pública (inmunizar a un niño contra el sarampión cuesta menos de un euro). Como hemos dicho, para poder controlar y erradicar la enfermedad es fundamental que la cobertura vacunal sea al menos del 95 %, es decir, que el 95 % de la población haya sido vacunada con las dos dosis. Los datos de la Organización Mundial de la Salud muestran que la cobertura vacunal en algunos países europeos es menor del 95 %. Si no se consiguen esos valores, será muy difícil erradicar la enfermedad y conviene recordar que el sarampión puede complicarse con neumonía, encefalitis, infecciones bacterianas secundarias y puede llegar a ser mortal, sobre todo en niños inmunodeprimidos y desnutridos. A nivel mundial, el sarampión en una de las principales causas de muerte en niños pequeños. Según la Organización Mundial de la Salud, en 2015 hubo 134.200 muertes por sarampión en todo el mundo, más de trescientos cincuenta muertos cada día, quince cada hora. En países en vías de desarrollo, la gente, desesperada, es capaz de caminar todo un día para obtener una dosis de la vacuna para sus hijos. En cambio, en Europa o en Estados Unidos, con amplios programas de vacunación establecidos, no se es consciente de los peligros y se abandona la práctica de la vacunación.

 

Algo parecido ocurre con la rubeola, otra enfermedad infecciosa que también se transmite por vía aérea. Por ejemplo, en los últimos años ha habido brotes de esta enfermedad en Polonia y en Japón, el 85 % de los casos en personas no vacunadas. En niños suele ser una enfermedad leve, incluso en la mitad de los casos sin síntomas. Las complicaciones son más frecuentes en adultos, pero la consecuencia más grave de una infección por rubeola es el daño que puede causar al feto en una mujer embarazada, desde defectos congénitos hasta aborto prematuro. Cuando el virus de la rubeola infecta a una mujer embarazada en las primeras etapas del embarazo, la probabilidad de que la mujer transmita el virus al feto es del 90 %. Se calcula que cada año nacen en el mundo aproximadamente ciento diez mil niños con síndrome de rubeola congénita. Tampoco se dispone de un tratamiento específico para este virus. La vacuna contra la rubeola contiene una cepa de virus vivo atenuado que se ha utilizado durante más de cuarenta años. Una sola dosis de vacuna confiere una protección a largo plazo superior al 95 %. Por lo general, las vacunas contra el sarampión y la rubeola son parte de una vacuna combinada que protege contra cuatro enfermedades virales: parotiditis o paperas, sarampión, rubeola y varicela. El miedo a las vacunas ha hecho que estas enfermedades infecciosas que se pueden prevenir con la vacunación resurjan en varias partes del planeta. Los datos demuestran que la mayoría de los casos de sarampión y rubeola en países de altos ingresos económicos son por no vacunarse.

 

 

"Se estima que entre 2000 y 2015, la vacuna evitó más de veinte millone de muertes en todo el mundo, lo que la convierte en una de las mejores inversiones en salud pública".

 

 

En cuanto a las paperas, los brotes esporádicos siguen siendo frecuentes. En los últimos diez años ha habido numerosos brotes de paperas en muchos países donde está bien establecido el calendario vacunal: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Suecia, Holanda, Australia, Bélgica, Corea, incluso en España. La vacuna contra las paperas es muy efectiva y ha conseguido reducir la enfermedad en más de un 90 % en muchos países. Incluso, en 1992 las paperas fueron incluidas entre las seis enfermedades potencialmente erradicables del planeta. Entonces, ¿cuál es la razón de estos frecuentes brotes de paperas? Las paperas o parotiditis son una infección vírica contagiosa que afecta principalmente a las glándulas que fabrican la saliva, las parótidas, que se inflaman y duelen. Estas glándulas están delante de las orejas y debajo de la mandíbula. El proceso suele ir acompañado de fiebre, dolor de cabeza y malestar general. Sin vacunación, la frecuencia es de unos trescientos casos por cien mil habitantes. Suele ser una enfermedad leve que no deja secuelas. Hasta un 20 % de las infecciones no tienen síntomas. Sin embargo, en algunas ocasiones puede complicarse con una meningitis, por lo general benigna, o con inflamación del páncreas o de los testículos (orquitis), que excepcionalmente puede producir esterilidad. En algunos casos, también se ha relacionado con pérdida auditiva. La mortalidad es muy baja, uno de cada diez mil casos. Cuando se padece la enfermedad, la persona queda protegida para siempre. Las paperas no son frecuentes en los adultos, pero si se contraen, la enfermedad es más grave y puede presentar más complicaciones. La vacunación contra las paperas se justifica porque esta enfermedad afectaba antes a prácticamente todos los niños, con los costes económicos y sociales que ello supone, y por sus complicaciones. La vacuna con virus de las paperas muertos es poco eficaz, por eso se emplea una vacuna de virus vivos atenuados, de forma que no provocan la enfermedad pero sí una respuesta defensiva de larga duración. En general, la vacuna contra las paperas es muy segura y efectiva. Induce la producción de anticuerpos específicos protectores pero en menor medida que la enfermedad natural. Estos anticuerpos pueden durar al menos diez años cuando se administran dos dosis de la vacuna, pero su capacidad protectora puede disminuir con el tiempo. Con la vacunación, los casos de paperas se han reducido cerca del 99 %. La vacuna es efectiva, pero no al 100 %. Si se administran las dos dosis, la efectividad ronda el 88 % (entre el 66 y el 95 %), pero si solo se administra una dosis, la efectividad es del 78 % (entre el 49 y el 92 %). A pesar de todo lo dicho, como hemos visto todavía se dan brotes esporádicos de paperas en personas vacunadas. El virus está distribuido por todo el mundo y se transmite muy fácilmente por el aire, se contagia al respirar. Es muy contagioso, tanto como el virus de la gripe o la rubeola, pero menos que el del sarampión o la varicela. Por eso, uno de los principales factores que influyen en los brotes de paperas es estar en un ambiente lleno de gente con una persona que tenga paperas. Los brotes aparecidos en los últimos años suelen ser en jóvenes de entre quince y treinta años en escuelas, universidades, campamentos, colegios mayores o residencias, o miembros del mismo equipo deportivo. Hay varias razones para explicar el aumento de casos de paperas. En Holanda hubo un brote de paperas en una población concreta de personas que rechazaron la vacunación por motivos religiosos. Sin embargo, en muchos otros casos el rechazo voluntario de la vacuna no ha sido la causa de la aparición de los brotes, que han ocurrido en poblaciones vacunadas. Por ejemplo, se han descrito brotes de paperas en Reino Unido, Canadá y Australia en jóvenes de entre quince y veinticuatro años que no habían recibido de niños las dos dosis completas de la vacuna (algunos recibieron la segunda dosis, pero no la primera). En estos casos no es que la vacuna fallara, sino que el fallo estuvo en las campañas de vacunación que dejaron sin vacunar a un grupo de personas que no quedaron completamente inmunizadas. Como hemos dicho, si solo se administra una dosis de la vacuna, la efectividad es mucho menor que si se administran las dos dosis completas. Otra causa han sido los fallos en la cepa vacunal. Ha habido brotes en Singapur y en Suiza relacionados con el empleo de una cepa vacunal concreta, la vacuna Rubini, que ha demostrado que su eficacia puede llegar a ser nula. Desde el año 2002, la Organización Mundial de la Salud recomienda no usar esta cepa vacunal. Respecto a los casos de paperas actuales, no se han debido a no recibir la vacuna o a recibir solo una dosis. Son casos de personas que, muchas de ellas, habían recibido las dos dosis completas. En estos casos lo más probable es que los anticuerpos que induce la vacunación hayan perdido su capacidad protectora con el paso del tiempo. La vacuna parece ser menos inmunogénica de lo que se pensaba inicialmente. Los anticuerpos protectores que induce la vacuna tienden a disminuir al cabo de diez o doce años. Esto implica que la respuesta primaria que induce la vacuna es capaz de eliminar el virus, pero que la protección dura menos. Esto demuestra que una sola dosis de vacuna no es efectiva, y que incluso las dos dosis pueden no ser suficientes para conseguir una protección duradera en toda la población. Algunos autores ya han sugerido la posibilidad de una tercera dosis de vacuna, al menos en las poblaciones de alto riesgo.

 

Como ya hemos dicho, las vacunas son víctimas de su propio éxito. Muchas personas no conocen algunas de las enfermedades infecciosas más letales que ha habido a lo largo de la historia. Esta seguridad los sitúa en posiciones en las que casi resulta inevitable temer más los efectos secundarios de la vacuna que la enfermedad misma. Estudios recientes demuestran que existe una relación inversamente proporcional entre la incidencia de enfermedades infecciosas y la preocupación por la seguridad de las vacunas. Cuando la tasa de enfermedad disminuye, la percepción de riesgo de contraerla también disminuye; y, sin embargo, la sensación de riesgo por los efectos asociados a la vacuna aumentan. El escepticismo sobre los beneficios de las vacunas y la preocupación sobre su seguridad, así como el temor a sus efectos adversos, son los principales obstáculos a la hora de administrar una vacuna. Argumentos todos ellos de los movimientos antivacunas.

 

 

 

¿Debería ser obligatoria la vacunación?

 

Los programas de vacunación han contribuido a que el número de casos y de muertes por enfermedades infecciosas hayan disminuido de forma significativa en el último siglo. En general, las coberturas vacunales o tasas de vacunación infantil siguen creciendo en todo el mundo, lo que indica que la vacunación es una medida de salud pública ampliamente aceptada. Sin embargo, un número cada vez más creciente de padres perciben la vacunación como algo insano e innecesario. Como las vacunas se administran cuando el niño está sano, nuestro umbral de tolerancia del riesgo es muy bajo. Cualquier duda, aunque sea teórica, sobre la seguridad de las vacunas puede provocar que los padres rechacen o retrasen la vacunación de sus hijos. Incluso algunos padres que vacunan a sus hijos suelen tener dudas y temores acerca de la vacunación. Como hemos visto, los movimientos antivacunas han sido responsables de la disminución de las tasas de aceptación de las vacunas y del aumento de brotes de enfermedades infecciosas que se pueden prevenir con las vacunas. Entre los extremos de los movimientos antivacunas que rechazan totalmente la inmunización y los entusiastas provacunas, cada vez hay más padres que dudan: padres que rechazan alguna de las vacunas pero que aceptan otras, que retrasan la vacunación de sus hijos porque dudan del calendario vacunal recomendado, o que se sienten inseguros cuando vacunan a sus hijos.

 

Por supuesto, la situación es diferente según el contexto y el país. En los países de altos ingresos, donde los programas de vacunación están bien establecidos y en gran parte son gratuitos, las vacunas son víctimas de su propio éxito. Como gracias a las vacunas ha disminuido radicalmente la frecuencia de enfermedades infecciosas, los padres no perciben el riesgo de esas enfermedades y no ven la necesidad de las vacunas: "¿Para qué voy a vacunar a mi hijo si ya no hay varicela?". Se tiene más miedo a la vacuna que a la propia enfermedad. Sin embargo, en los países con ingresos medios o bajos, donde este tipo de enfermedades son todavía frecuentes, la duda sobre la inmunización es menor. En países donde la mortalidad infantil es todavía muy alta debido a las enfermedades infecciosas, todavía da más miedo la enfermedad que la vacuna.

 

En España no existen movimientos antivacunas bien organizados y beligerantes como los que hay en Estados Unidos o en Reino Unido, pero el número de padres que ponen en duda la efectividad y seguridad de las vacunas aumenta. Además, cada vez tienen más relevancia pública algunos antivacunas, incluso sorprendentemente con la colaboración de grandes medios de comunicación y poderes públicos. Esto es preocupante porque para el éxito de las campañas de vacunación se debe mantener una cobertura vacunal alta. Se debe conseguir que lo normal sea que los padres vacunen a sus hijos según el calendario que les corresponde. Como hemos visto, la vacunación es una medida individual pero que beneficia a la comunidad. A diferencia de otras intervenciones preventivas, si un padre rechaza las vacunas de su hijo no solo pone en riesgo la vida de su hijo sino también la de los que lo rodean, de los más débiles: otros niños, los enfermos y los ancianos. Luchar contra la oposición o la duda sobre las vacunas es una labor comunitaria.

 

 

 

 

El contexto a veces no ayuda. En los últimos años ha aumentado el número de nuevas vacunas, lo que ha complicado los calendarios vacunales. El que no exista un mismo calendario vacunal en distintos países o, lo que es peor, en distintas regiones de un mismo país, genera percepciones negativas. La falta de transparencia de algunos gobiernos y empresas farmacéuticas y los errores en la forma de afrontar e informar sobre crisis sanitarias también provoca desconfianza y susceptibilidades: la crisis de las vacas locas, la pandemia de gripe aviar o el último brote de ébola, por ejemplo. Hoy en día los pacientes quieren estar involucrados y participar en sus propias decisiones de salud.

 

Los recientes brotes de sarampión y de otras enfermedades evitables por medio de las vacunas han hecho que algunos países cambien su legislación. En Italia ya es obligatoria la vacunación contra doce enfermedades infecciosas para poder matricular a tu hijo en el colegio. En Portugal no son obligatorias, pero sí gratuitas y están preparando una ley para exigir la vacunación. En Alemania no son obligatorias, pero preparan también una ley para poder multar a quien no vacune a sus hijos. En Francia son obligatorias las del tétanos, la difteria y la polio, y van a incrementar la obligatoriedad hasta doce vacunas, mientras en Bélgica solo lo es la de la polio.

 

¿Y en España? La vacunación es voluntaria, nuestro ordenamiento no incorpora explícitamente el deber de vacunación y nadie puede, en principio, ser obligado a vacunarse. Ahora bien, hay determinadas situaciones que permiten que los poderes públicos competentes impongan la vacunación forzosa, en caso de brotes o epidemias y de peligro para la salud pública. ¿Debería cambiarse la ley y que la vacunación fuera obligatoria? Algunos piensan que sí. Si la vacuna de la rabia es obligatoria para los perros, ¿por qué vacunar a los niños no lo es?; si llevar cinturón de seguridad en el coche es obligatorio, ¿por qué no las vacunas?; si fumar está prohibido en muchos lugares porque es malo para la salud, ¿por qué las vacunas no son obligatorias si son buenas para la salud?; si una persona no vacunada puede poner en riesgo la salud de mi hijo, ¿por qué no obligan a vacunarse en las guarderías?

 

 

"Los recientes brotes de sarampión y de otras enfermedades evitables por medio de las vacunas han hecho que algunos países cambien su legislación"

 

 

Un dato que hay que tener en cuenta es que para controlar e incluso llegar a erradicar una enfermedad infecciosa, la cobertura vacunal para esa enfermedad debe ser al menos del 95 %. Según datos oficiales, las tasas de vacunación en nuestro país en los últimos años son elevadas, superiores al 95 %. En España, a pesar de la no obligatoriedad, la tasa de vacunación es incluso superior a la de países en los que la vacunación es obligatoria, muy probablemente porque hemos disfrutado de un buen sistema sanitario bien implantado y porque los pediatras y médicos de atención primaria están muy concienciados del valor de la vacunación. Por ello, el debate planteado podría ser útil si hubiera un descenso de las tasas de vacunación que pusiera en riesgo la protección del efecto rebaño y afectara a la salud pública. Adelantar cambios normativos que impusieran de forma coercitiva la vacunación podría generar un efecto contrario al pretendido. Obligar quizá, de momento, no sea la solución. ¿Qué podemos hacer entonces? Para responder a los movimientos antivacunas y, sobre todo, convencer a los que dudan, algunas estrategias se han basado en campañas de educación con información sobre la efectividad y seguridad de las vacunas. Sin embargo, aunque necesaria, no parece que esta sea la forma más efectiva. Educar a la gente tiene poco efecto o impacto en cambiar la actitud antivacunas. La información y la educación no suelen cambiar por sí solas las percepciones. Todos tenemos tendencia a recibir mejor la información que confirma lo que pensamos y solemos rechazar lo que contradice nuestras creencias. Para muchas personas lo que convence no son los hechos, sino la credibilidad o autoridad de quien los dice. En este sentido, la pieza fundamental y clave para conseguir la aceptación y confianza pública de las vacunas son los profesionales de la salud (de la medicina y la enfermería). La gente cree y confía más en su médico o enfermera de lo que nos imaginamos. Mucha gente dice que la primera razón para vacunar a sus hijos es la recomendación del profesional de la salud en la consulta de pediatría. Promover una buena relación con el paciente es fundamental. ¿Cómo convencer a unos padres de que no vacunar supone un riesgo mayor? Hay que explicar por qué nos vacunamos y cómo las vacunas nos protegen de las infecciones y nos ayudan a mantener la salud; reforzar la idea de que la vacunación es una norma social, porque la gente hace lo que cree que todo el mundo debe hacer. No hay que asustar a la gente con mensajes catastrofistas. Las vacunas son uno de los agentes farmacéuticos mejor estudiados y más seguros del mercado. Es frecuente confundir correlación con causalidad: que dos cosas ocurran al mismo tiempo no quiere decir que una sea la causa de la otra. Que el autismo se manifieste en los primeros años de vida al mismo tiempo que se cumple el calendario vacunal no demuestra que las vacunas sean la causa del autismo. Pero el sufrimiento de unos padres con un niño autista… es tremendo. Por eso, hay que mostrar empatía y evitar ser despectivos. Hay que reconocer el derecho que tienen los padres a dudar y a hacerse preguntas sobre las vacunas. Si tienen dudas, hay que escuchar y responder de forma simple y sencilla. La verdad es la piedra angular de la aceptación de las vacunas. Hay que explicar claramente las posibles reacciones adversas que pueda haber. Los padres llevan a sus hijos a vacunarse estando sanos, sin fiebre, y las reacciones locales pueden alarmar si no se han explicado antes. La fiebre, el malestar general, un pequeño sarpullido o enrojecimiento local no significan que la vacuna no funcione sino todo lo contrario. Es señal de que la vacuna está activando las defensas. Ningún medicamento es 100 % seguro y todos tienen efectos secundarios, también hay riesgos al tomar un paracetamol, pero hay que distinguir claramente las reacciones locales de los casos graves y muy raros.

 

Conclusión: en España no hay grandes movimientos antivacunas pero sí un aumento de padres que dudan de la seguridad y eficacia de las mismas. De momento, las coberturas vacunales son altas y no se compromete el efecto rebaño. Por ello, imponer de forma coercitiva la vacunación podría tener un efecto contrario al pretendido. No obstante, es necesaria una vigilancia estrecha del fenómeno antivacunas y de su efecto en la salud pública. Es imprescindible que se mantengan los altos niveles de cobertura vacunal y estar muy atentos a posibles colectivos socialmente marginados sin acceso al sistema sanitario. Los profesionales de la salud son la principal fuente de información para los padres que dudan y su recomendación la forma más efectiva de convencerlos de lo peligroso que es no vacunar a sus hijos.

 

 

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*Ignacio López-Goñi es doctor en Biología y catedrático de Microbiología.

Oihan Iturbide es graduado en Biología, máster en Comunicación Científica, Médica y Ambiental, y editor en Next Door Publishers y Yonki Books.
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